Qué lejos queda el mar.

  Ala!

si no te habías dado cuenta ya estamos a casi finales de Julio, el 50% del verano ya consumido, uno más. Y parece que si no me me baño en el mar el verano ha pasado sin pena ni gloria por mi vida. Añoro el mar, y en concreto el mar de levante, quiero buscar algo que se parezca más a un oasis que a una playa. Será difícil, pero levante es muy grande.

El mar me ofrece una especie de bautismo, algo purificador. Algo que no sólo necesita mi cuerpo, también mi alma. Necesito esa sensación de meterme en el agua fría y descubrir que está salada a través de las fosas nasales. Quedarme imbécil mirando el horizonte, intentando mentalmente llegar a la otra orilla, sentir el frío de la brisa por la noche, bañarme del negro puro del horizonte marino y nocturno… sentirme un crío, coger un puñado de arena y sentir cómo el viento termina esparciéndolo por mucho que intentes retenerlo en tu puño..

En breve y si la crisis no lo impide buscaremos un refugio en la costa y allí seré nada, aceptaré mi "nada", y "anonadado" volveré a empezar de cero otro año de esos que cuento yo de Septiembre a Septiembre.

Hay en el horizonte una gaviota, sí, la de la "playa del Este" que me debe una y este año tenemos que vernos de nuevo. Al atardecer, cuando el sol se pone sobre el horizonte infinito del mar, y las sombrillas desaparecen de la playa… vuelve la gaviota buscando posarse sobre la vieja roca que una vez más está cubierta de arena. Pariente lejano de Juan Salvador, vuela (como su antepasado) no para alimentarse, sino por el puro placer de volar, y volar cada vez más alto y más temerariamente, disfrutando de cada picado, de cada aleteo y golpe de viento.

Vivir y volar, vivir volando

Qué lejos queda el mar…

al que juré cantar…

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