No entraba en mis planes.

No entraba en mis planes estar tan feliz, al contrario, me había propuesto pasarme un tiempo disfrutando de la amargura. Pero no esa “amargura” poética y melancólica, no. Me apetecía disfrutar de “estar amargao”, tampoco abusando, quizás sólo por unos días, lo justo para componer algo melancólico, para escribir esas solemnidades sentenciosas que tanto santifican algunas de mis canciones… “Amargura de postureo” diría yo.

Qué felicidad más tonta oye! se te echa encima sin darte casi ni cuenta, un día llama a la puerta y te vende la enciclopedia entera. Y sin darte cuenta te miras al espejo y te aparece en mitad del rostro como una sonrisilla así de media mueca, no completa, en plan Monalisa. Hasta me cabrea la cara de gilipollas que se te queda cuando ves ese retrato en el espejo… un día afeitándome me dije “¿y tú que miras?”. ¡En qué hora se me ocurrio semejante despropósito! Me respondió una carcajada repetitiva, sonora, redonda, rebotando por las paredes del cuarto de baño.

Un contrataque certero.

Asestándome (justo al pecho)

un ataque de risa verdadero.

sentimiento (de tan lejos) forastero.

Parecía tan absurdo que la vida misma pedía derechos de autor. Y mirándome a los ojos desde el espejo me dije “hasta para ser feliz hay que valer, y yo valgo pa-tó”. Eso sí, no entraba en mis planes.

 

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